Buscar este blog

martes, 28 de octubre de 2008

El amor y sus demonios




Cuando yo rememoraba las tonalidades de tu voz sentía que me inquietaban, me invadían, me penetraban y me alteraban sin saber cómo pero los quería a toda costa, quería que formaran parte de mi cuerpo, de mi voluntad, de mis entrañas. Me sucedía algo similar con tus caricias que cuando intentaban hurgar en mi lujuria de pronto encontraban una respuesta desconocida para mí misma, para mi cuerpo, para mi manera de ser. Algo que me llevaba a poner mis manos sobre ti y a sentir tus mal intencionados besos sobre mi boca como una comezón de la que no me podía librar y de la que cada vez quería más y más. Habíamos erotizado todo: nuestros cuerpos, nuestras ropas, nuestros coches porque casi siempre nos veíamos en el auto y si teníamos tiempo de ahí nos íbamos a algún cuartucho de hotel, si podíamos a tu departamento pero la verdad es que yo tenía miedo porque él ya había indagado dónde vivías. Y si no, nos refugiábamos en un estacionamiento o en una calle solitaria. Esa intensidad llegó a ti un poco después, me parece. Hubo una cierta dilación hasta que logramos embonar totalmente el uno en el otro.